Buenas noches, ciudadano.

Llegué a casa en la madrugada de hoy, en torno a la 1:45 de la mañana, tras estar en el cine con unos amigos. Entro y me sorprendo al toparme a esas horas con las luces encendidas y mi señora madre (en adelante “mami”) en pie en el salón con cara de pocos amigos. Y aquí comienza la increíble historia de los señores con pistola que no saben por dónde sale el sol.

Me cuenta mami que alguien tocaba el telefonillo insistentemente en torno a la 1. Ella y mi señor padre (en adelante “viejito”), que andaban ya por el 2º sueño, se despiertan y atan cabos: “Los niños están por ahí de belingo (para los no canarios, actividades lúdicas); puede ser alguno que se haya olvidado la llave. Lo normal es que llamen al móvil para avisar, pero como nuestro puto Android de mierda ha tenido un fallo general del sistema operativo —y como personas normales pasamos de meter mano al asunto, no sea que lo acabemos de fastidiar— igual no han podido hacerlo. Será alguno de ellos”.

Se levantan de la cama, miran por la cámara del telefonillo y ven a dos personas. Descritos como “de 2 metros cada  uno; uno viejo, gordo y tonto y otro joven y aún más tonto”. Se identifican como policías y piden subir al domicilio para hablar sobre una tubería rota en la azotea que está vertiendo agua. Es imposible por la inexistencia de plomería en la fachada-azotea del edificio (todo es interior), pero se han identificado debidamente y se decide parlamentar con los agentes de la autoridad. Suben a la vivienda y comentan la situación: un señor les avisó de que una gran cantidad de agua caía por la fachada del edificio jodiendo la vida a los peatones, a la fauna y a la flora local, hechos que los agentes pudieron constatar metiendo sus huecas cabezas bajo el divino manantial, describiéndolo como “considerable, probablemente una tubería rota o una manguera abierta”.

El viejito, estupefacto, decide corroborar la incidencia él mismo. Sale a la terraza, se asoma sin ver nada. Sube a la azotea, no ve nada. Echa un ojo a la azotea del vecino y se repite el resultado. Los agentes piden amablemente (no va con coña, malpensados; por lo visto eran muy agradables y correctos) permiso reconocer el percal de motu proprio. Se les consiente el paso  y aquí empieza el despelote.

Examinan la fachada por la que ellos vieron correr el agua con inusitada furia… Sin ver agua. Al subir por la escalera que lleva a la azotea el viejo gordo afirma con rotundidad que la cosa era cristalina; “mire señora, el pasamanos está mojado, está claro que el problema existe”. Mami trata de explicarle al maromo lo que es el rocío y sus causas naturales, procurando no alterar a un tío que no aprendió a atarse los zapatos hasta los 30 años y al que le han dado una puta pistola. Los agentes acceden a la azotea y con sus linternas y, tras 10 minutos de inspección minuciosa, concluyen que tiene que ser cosa de la azotea contigua. Mis padres reiteran que tampoco puede haber problema, pero ellos, eficaces como nadie con la verdad como única meta, deciden despertar a los vecinos —personas mayores ya, pasados los 70 años—.

El matrimonio vecino atiende a los malhechores del Estado y acceden a sus gilipolleces, darles permiso para examinar su azotea. Están en ello, con la misma ausencia de resultado, cuando tienen la más brillante de las ideas de la noche: subirse al techo de plástico con el que cubren la terraza para inspeccionarlo debidamente. El típico plástico acanalado finito, situado a dos alturas distintas; 3 metros del suelo de la terraza y 30 del suelo de la calle. El personal se altera; “agentes, por favor, razonen; si se suben ahí se matan. Reprímanse que la tenemos liada”. Tras deliberar sobre el tema aceptan que la posibilidad de muerte es cierta y se limitan a asomar el morro cual perro por la ventanilla del coche. Constatan que el único puto agua que existe es la propia del rocío, fenómeno físico del que descubrieron la existencia en párrafos anteriores.

Como última pataleta y afrenta el sentido común, Mulder y Scully instan a un representante de cada vivienda a que baje a la calle y compruebe que, efectivamente, una gran cantidad de agua aflora de algún puñetero sitio. Ya a pie de calle constatan, como era de esperar, que el Expediente X no existía o, al menos, no dejó evidencia física. La única conclusión lógica es que algo de rocío escurrió por el techo de plástico acanalado de los vecinos y alguna gota les aterrizó en la cosa esa que tienen sobre el cuello los dichosos policías. Bendito país de los cojones.  

Alberto Suárez.

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5 respuestas a Buenas noches, ciudadano.

  1. Roberto dijo:

    jajajajajajajjajajajajaja

  2. miguel dijo:

    alberto….. tú sabes bien que para ser policía las exigencias son altísimas y que no se cuela ahí gente que no esté preparada….. no se por qué montas este pitote…. si sólo estaban haciendo su trabajo…. JAJAJAJAJAA MENUDOS SUBNORMALES….. RECIÉN SALIDOS DE LOCA ACADEMIA DE POLICÍA

  3. Telesforo dijo:

    Canarios que alucinan porque el agua también llega del cielo. Novedad.

  4. Richa dijo:

    he escrito mi nombre mal para estar a la altura del hecho, del techo ……. dejemos correr el agua .
    Les llegará una sanción de urbanismo por uso ilegal del rocío

  5. gilberto dijo:

    eso fue algún vecino que confundió el retrete con la ventana y vertió sus aguas directamente a la cara de los agentes, 10 puntos¡

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