El genio que escondía la enfermedad

El otro día cenando, dos de los comensales se involucraron en una discusión un tanto chorra sobre quién era el pintor aquel que gustaba de plasmar en sus lienzos los ambientes más sórdidos de la noche y los bajos fondos; cabarets, fumaderos de opio, prostitutas… La nacionalidad del artista la tenían clara, era francés. Y la época más o menos también, entre los siglos XIX y XX. Pero los tiros no terminaban de dar en la diana. Se nombró a Monet, a Manet, a Degas, a Cézanne. Pero ninguno se acordó de Henri Toulouse-Lautrec. Y, para no variar, yo sí me acordé.

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Quizás es que me rodeé de gente que olvida o nunca supo y Toulouse-Lautrec es un tipo sumamente conocido —que puede ser—, pero como mi impresión al respecto es otra, voy a concederle unos párrafos.

Nació en el seno de una familia noble el 24 de noviembre de 1864 y, como era menester en esa época —y casi que también en esta si miramos el jeto de nuestros queridos Borbones—, fue fruto de la endogamia. Sus padres, que eran primos-hermanos y vete a saber qué otra relación tendrían fruto del auto-intrincado árbol genealógico, le concedieron al pobre Henri un físico extremadamente débil y unos huesos quebradizos. De hecho se quedó en el metro y medio de estatura debido, además de una enfermedad ósea, a sendas fracturas en sus fémures que le impidieron crecer más. Aparte de sus problemas físicos, su familia también le otorgó una amplia fortuna económica con la que disfrutó de una educación privilegiada y la siempre bienvenida comodidad que el dinero aporta.

Desde joven se apasionó por el arte, pasión que su madre fomentó y le mandó a París con 18 añetes si no recuerdo mal, para que el joven Henri persiguiese su sueño. Vive en la Rue Fontaine con vecinos como Degas y van Gogh, del que se hace íntimo amigo. Acostumbrado a que le mirasen por su deformidad, se convirtió en observador; se queda con los detalles de todo y todos en París. Con una memoria fotográfica, cualquier mirada o gesto quedaba grabado en su memoria y daba lugar a un cuadro. Abre su propio taller de pintura en 1886 y empieza a crear su propio estilo representando en su obra los bajos fondos parisinos. El Moulin Rouge, el Moulin de Galette. Prostíbulos, fumaderos de opio. Lo pintoresco de los personajes que por ellos se movían logran hacer sentir a Henri cómodo con su aspecto.

Obsesionado con las prostitutas, causa mucho revuelo el que las usase como modelos. Los propietarios de los cabarets y prostíbulos le encargan dibujos que terminan colgando en las puertas como reclamo publicitario —de ahí que también se le considere cartelista—. La gente de la noche llena sus cuadros. Payasos, actrices, prostitutas…

Muy popular ya en París y al contrario que muchos, tuvo un gran reconocimiento en vida. Pero no todo era positivo, cayó en el alcoholismo. Le ahogaban sus angustias vitales. Le daba a la absenta como si fuera agua. Vanguardia del art-nouveau, nunca se interesó por los paisajes, sino que se consideró a sí mismo un cronista y en sus cuadros inmortalizó la realidad de París. Nadie plasmó como él la calle, el día a día de la gente.

Le gusta a las prostitutas y ellas a él y la sífilis era inevitable. Entre sus problemas genéticos, las enfermedades relativas al sexo y el alcoholismo, muy maltrecho, sufrió ataques de locura. A pesar de ello no deja de pintar y mantener su extraordinario nivel.

Muy demacrado y delirante, lo recogen en las calles de París y su madre lo lleva a un psiquiátrico. Él, para demostrar que no estaba loco, sigue pintando en el sanatorio, pero su salud se sigue deteriorando. Su madre, Adèle, decide cuidar de él personalmente en la casa familiar en sus últimos días. Postrado en la cama, tras sufrir varios derrames cerebrales, termina su vida. Sus últimas palabras fueron “mamá, tú, nadie más que tú” y tras pronunciarlas expiró. Fue el 9 de diciembre del año 1901.

Así vivió y murió uno de los más grandes de la historia, Henri Toulouse-Lautrec.

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