Siempre sale el sol, me ponga como me ponga

Será que me agrio con la edad. O con los párrafos. O con cada amanecer. Pero, al contrario que muchos, sé que el mundo es un lugar peligroso y oscuro. No es una novedad, ni mucho menos. Desde el primer australopiteco, saltito evolutivo a saltito evolutivo, hemos procurado que la vida del vecino sea la peor posible: por lo civil o por lo criminal. De hecho aquí estamos porque le dimos matarile a los neandertales. Tenemos mucha mala leche y eso está fuera de toda discusión. Cualquier excusa es buena. Me gusta tu mujer más que la mía, me han pagado, es lo que toca porque me han dicho que odie a tu tribu/raza/etnia, tienes algo que yo quiero y lo de ir por las buenas es un coñazo. Por el motivo que sea siempre habrá alguien dispuesto a joderte. Los diferentes dioses que pululan por ahí han organizado, en pos de la bondad, la justicia y la salvación eterna, las mayores sangrías registradas. Hay quien dice incluso que, si vives lo suficiente, tendrás ocasión de toparte con alguien que desee matarte.

Los eventos a los que se les presta más atención son de esa clase; gente mala actuando como tal. Ejemplos hay para aburrir. En la actualidad tenemos políticos y banqueros. En los libros de historia a papas, reyes y dictadores. Desde el cariño que se tenían los sumerios entre sí hasta los paseos japoneses por China repartiendo talante con el filo de sus katanas, pasando por las limpiezas étnicas africanas, los señores de la droga sudamericanos o los tercios españoles asolando Europa. Pero. Y aquí viene lo divertido.

Cada una de esos terribles capítulos encierra alguna historia personal que va en sentido contrario. Entre la miseria propia del día a día alguien decide dar la cara. Y hay de todos los colores. Individuales y colectivas. Que terminan en éxito o en fracaso. Que salvan a muchos o a pocos. Las hazañas populares, como la de Oskar Schindler que Spielberg inmortalizó en su estupenda película. Las de escala local, como las chicas que el otro día, echándole dos palmos de narices, bajaron a las vías del Metro de Madrid en un intervalo entre trenes para rescatar a una perra abandonada que había vagado por allí durante días. La encontraron muerta, arrollada por uno de los vehículos. Llegaron tarde, pero lo intentaron y despidieron debidamente al animal. El gesto caritativo del que le regala un abrigo viejo a alguno de los cada vez más numerosos indigentes que pueblan nuestras calles. Y las historias que nadie conoce, como la realidad de los liquidadores en general y la de los tres superhéroes de Chernobyl en particular que Antonio Cantó (AKA Yuri Gagarin en Internet) creyó conveniente relatarnos. Tres tipos corrientes que se lanzaron a un viaje sin billete de vuelta para que millones de personas estuviesen seguras en sus casas, sin tener nunca la más remota idea de lo cerca que estuvieron de mudarse al otro barrio.

Seguiré pensando que esta pelotita azul está podrida. Sorprendiéndome al ver a alguien pasmado que no cree posible que a un fulano le metiesen cuatro navajazos para robarle un teléfono móvil. Seguiré sintiendo lástima por el que piensa que la esclavitud ya no existe, que la vida humana es sagrada, que todos podemos ser felices. Y seguiré despertándome cada día plenamente convencido de que podemos tener fe, de que merece la pena pasar por aquí las 7, 8, 9 décadas que nos dan. Porque los malos, al final, se quedan en el papel. En la hemeroteca, en los registros historiográficos, con algo de suerte en la ficha policial. Los buenos, en cambio, se quedan en nuestro corazón.

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