La comunidad de vecinos

Mi señora madre (en adelante “mami”) lleva tres años siendo la presidente de su comunidad de vecinos. En estas tres legislaturas, con unas derramas mínimas (sobre todo para el resto de vecinos, que tienen coeficientes del 2% y no del 15) y subiendo las cuotas de la comunidad un 20% —que llevaban sin tocarse desde los 90— se ha arreglado el aljibe, cambiado la iluminación de las zonas comunes y pintado esas mismas zonas comunes. Han aparecido pasamos en la escalera y buzones nuevos. Bajo la tiránica dictadura de mami los vecinos ancianos tienen una barandilla para ayudarse a subir los escalones que dan a la entrada del edificio. La puerta principal, que nunca funcionó, también se ha cambiado por una súper potita que da gusto mirarla, con el nombre del edificio serigrafiado y todo. Los telefonillos, que tampoco rulaban, ya rulan y el vecino que quiera lo puede tener hasta con cámara y, ¡tachán! ¡Tenemos fibra óptica! ¡Viva la tecnología y tal!

Próximamente se va a instalar una rampa por si algún vecino queda impedido (o el término que haya que usar ahora para decir que un tipo va en silla de ruedas) y la llega a necesitar. Y al viejo y destartalado ascensor le quedan dos telediarios: se va a intentar poner lo antes posible uno nuevo que llegue, fíjate tú si no es lujazo ese, hasta el ático. Encima, ojo al parche, sobran euros para pagar a un administrador y, por un pelín más de dinero, se han duplicado las horas de limpieza. Y sobra cash anualmente en el presupuesto.

Para añadirle más gracia al asunto, nada más llegar se encontró con un pequeño agujerito de unos 10.000€ en las arcas porque la anterior administración se negó a reparar uno de los locales por pura cabezonería. Como debe hacerse, el propietario se plantó en el juzgado y, como no podía ser de otra forma porque el asunto estaba más que claro, la sentencia le dio la razón. A la reparación, las costas y la indemnización hubo que sumarle los emolumentos de un abogado que tampoco hizo nada, en parte porque la situación no lo permitió y porque el pobrecillo era (o es, igual sigue vivo) algo penco. Total, que una chapuza que hubiese costado cuatro perras se convirtió en un pufo del carajo.

Esa anterior dupla presidente-secretaria que, en los 8 años anteriores, no hicieron absolutamente nada por el edificio o los vecinos. Comuneros que no pagaban sus cuotas y no se les requería, dinero de esas mismas cuotas que nadie vio jamás y que si pasó por la caja no dejó rastro. Amén de que, por qué no decirlo, ciertos vecinos molestos que pululaban por aquí cogieron las de Villadiego en cuanto mami tomó el mando y puso las cositas claras y el chocolate espeso. Pero no me voy a entretener con la evidente mala praxis —nótese la sorna— de esta gente ni tampoco necesito hacerle publicidad a mami de su notable labor.

Mami no es una mente privilegiada, una estratega, un genio de la administración. No voy a decir que es una mujer más porque, obviamente, es más guapa, más lista y más hábil que las demás madres, que para eso es mía. Pero tiene una virtud: es una persona seria, de confianza. Y con sus actos lo demuestra. Entonces, cuando pide al edificio un pequeño esfuerzo, este responde. Y según pasan las semanas los vecinos tienen ocasión de ver que ese esfuerzo se transforma en lo que ellos necesitaban. Entonces la apoyan y la respaldan. Esto, que uno piensa que debería ser lo más normal del mundo, es la excepción que confirma la regla. En Hispanistán lo sabemos. Y a base de perder nuestros trabajos, nuestras viviendas, nuestro futuro y, algunos, hasta el pasado, deberíamos tenerlo grabado a fuego en la piel.

Anuncios
Esta entrada fue publicada en Corrupción. Guarda el enlace permanente.

2 respuestas a La comunidad de vecinos

  1. Pepe, el de La Minilla. dijo:

    Alberto, y me pregunto yo, ¿y ‘papi’ no debería ser el presidente, o no es el propietario de la casa en cuestión? En cuanto a estas historias de comuneros, espero que no me toque nunca en la vida (de momento he tenido suerte) participar ni como último vocal en la junta de una comunidad. Solo asistí a una reunión de vecinos y, con respeto para las verduleras -dícese de las mujeres que venden verduras, aunque también la palabra tiene otras acepciones-, parecía más una asamblea de estas últimas.

    • Dada la naturaleza del verbo “deber” no, porque no le interesa el tema 😉

      Para cualquier inquietud documental que se tenga sobre comunidades de vecinos, recomiendo pasarse por los juzgados de lo civil y ver los pollos que suelen tener allí montados, es algo épico.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s