La doctrina Ivanov y otras chicas del montón

Toda esta bella —terrorífica, pero bella— historia empezó un pelín antes de la 2ª Guerra Mundial como casi todas las historias; un tipo de buen corazón descubre algo que, más pronto que tarde, todo quisqui usará para joder la vida del vecino. Leo Szilard es nuestro hombre. Un brillante científico húngaro que tras pasarlas pelín putas durante la 1ª GM buscó con su trabajo el bien común. Incluso patentó la bomba atómica (entre otras cosillas) en pos de protegernos de su propia creación.

Bandera de las Fuerzas Espaciales de Rusia

Bandera de las Fuerzas Espaciales de Rusia

Había unas cuantas zarpas metidas de lleno en la fisión antes de que Hitler se pusiera fogoso, pero cuando el nombre de von Braun —ingeniero que encabezó el proyecto del cohete Vergeltungswaffe 2, V2 para los amigos, primer misil balístico — se relacionó con las palabras “atómica” o “nuclear” se mancharon muchos calzoncillos a lo largo y ancho del globo. Para bien o para mal, llegado ese momento el Proyecto Manhattan era una realidad. Decenas de miles de personas, entre las que se encontraban las mentes más brillantes que la Alemania Nazi logró cabrear —y las que el dinero podía comprar—, trabajan a destajo por todo EE. UU. con sus espaldas cubiertas por un presupuesto virtualmente ilimitado. Había un objetivo claro y vital; conseguir la bomba “A” antes que los Nazis. Y lo lograron. Y esta parte de la historia la conocemos todos, así que tras la introducción pasamos a la chicha, la sustancia, la proteína.

Dejando a un lado la parte técnica del asunto, una bomba atómica es un trasto relativamente simple. Hablando muy pronto y muy mal, tendremos una esfera hueca de uranio-235 o plutonio-239. Es hueca porque en el centro vamos a meter gas de deuterio o tritio. Recubrimos la esfera con otra de berilio. Luego envolveremos la pelota en explosivo y listo. Arreando. Ese explosivo, al activarse, comprimirá la esfera de uranio/plutonio entre la fuente neutrónica —el gas— y la esfera de berilio que es un reflector natural de neutrones. La masa se vuelve súper-crítica y el plutonio/uranio iniciará una reacción en cadena que mandará todo a tomar por saco. Y este es el milagro de la fisión. Recordad, muy pronto y muy mal, pero voy a extenderme un poco más, que si no esto no lo entiendo ni yo.

Todo esto se hace en pos de la fisión —que no fusión, de la que hablaremos en un rato—. La fisión es la acción que desarrolla una ingente cantidad de energía a base de romper núcleos de átomos. Por eso se usan uranio-235 o plutonio-239, materiales radioactivos que, por su propia naturaleza radioactiva, son inestables y tienden a romperse. Y el baile de neutrones que se forma entre el gas del centro de la esfera de uranio/plutonio y el berilio —que impide que se escapen para que se dediquen a rebotar dentro—, aumenta la temperatura y la disminución de la masa crítica que la detonación del explosivo provoca, hacen el resto.

Hiroshima

Las bombas atómicas tienen ciertos problemillas. No son todo lo potentes que deberían ser, el límite de su potencia teórica es bajo (increíble, pero cierto) y encima son muy grandes dadas las cantidades de plutonio/berilio/explosivo que hay que utilizar, por lo cual su uso militar es nulo. Y como somos así de inquietos, ante el follón mayúsculo de tener que usar un avión para tirar una bomba enorme sobre una población, buscamos una solución: la bomba termonuclear.

La bomba termonuclear ya no busca la fisión sino la fusión; esto es crear energía a base de unir núcleos atómicos. Bajo este principio se ha creado todo lo que conocemos en el Universo. Pero el Universo tiene ciertas ventajas que uno no tiene en un laboratorio, como ingentes fuerzas de gravedad. Porque ese es el problema de fusionar, los núcleos se repelen entre ellos (porque los protones tienen carga… ¡positiva!) y hace falta una cantidad de energía del copón para lograrlo. Con lo que el Cosmos no contaba es que los monos evolucionados estos de aquí abajo tuviéramos nuestros propios petardos de gama alta, las bombas atómicas. Una explosión nuclear produce la energía que necesitarán nuestros átomos para unirse. Como no podía ser de otra forma, los elementos adecuados para llevar a cabo la fusión son dos isótopos de hidrógeno (que es el material más abundante que nos dejó el Big Bang, por eso también la conocéis como bomba de hidrógeno o bomba H) que ya nombramos antes, tritio y deuterio.

Una vez localizados los isótopos necesarios y teniendo la energía adecuada para calentar a nuestros núcleos atómicos nos topamos con el, a la postre, problema padre en esta aventura. La explosión que producirá la energía que necesitamos también volatilizará el material que pretendemos fusionar. Un par de científicos de adopción estadounidense (Edward Teller y Stanislaw Ulam) encontraron la solución (es un tema complejo, ahí dejo el enlace de la Wikipedia para el que quiera profundizar). Siguiendo la tónica de este post, mal y pronto, consiste en aprovechar la diferencia de velocidad entre los rayos x que produce la fisión —velocidad de la luz— y la velocidad a la que se expanda el núcleo —1000km/s— para que la fisión inicie la fusión antes de poder destruirla. Todo el proceso pasa en microsegundos, ojo.

La bomba termonuclear es mucho más pequeña que la atómica y fácilmente militarizable, es mucho más barata porque lo caro (el tritio, el plutonio y el uranio) se usa en menor cantidad y, encima, también es increíblemente más potente. Jackpot, que diría un americano.

Y ahora ya vamos con la doctrina Ivanov. Ahora que tenemos una bomba pequeña, el paso lógico (por mucho que nos duela) es buscar la forma de colocarla en cualquier punto del planeta en el menor tiempo posible en pos de aniquilar antes de ser aniquilado. Si algún día tengo ganas ya haré un artículo sobre los misiles balísticos intercontinentales o ICBM (Inter-Continental Ballistic Missile, sus siglas en inglés), porque lo que han avanzado esos bichos (y la insalvable ventaja que llevan respecto a los escudos anti-misiles) también tiene tela.

ICBM de EEUU, Minuteman III

A Rusia se le pusieron las cosas muy feas. Demasiados palos en poco tiempo. Colapso económico, el fin de la Guerra Fría, el desmembramiento de la Unión. Poco dinero —pasaron en nada de un PIB como el de EEUU a cuatro perras mal contadas, ni Zapatero habría podido igualarlo— y la tarea de mantener la formidable infraestructura de una guerra legendaria que nunca tuvo lugar… El problema era gordo.

La solución la ideó Sergei Ivanov. El señor Ivanov fue un condecorado oficial de la KGB. En sus años en el cuerpo (que es mucho menos misterioso de lo que las pelis americanas hacen creer) se hizo muy amigo de otro destacado ruso, Vladimir Putin, quien le dio una oportunidad en la primera línea política. Y para agradecérselo a principios de este siglo parió su “doctrina” por y para la madre patria. Aceptó la realidad, algo jodido para todo hijo de la madre Rusia: el país estaba para pocos trotes y tocaba priorizar. Por mucho que el orgullo se viera tocado, a la vieja piel de oso no le era posible mantener activa una fuerza militar convencional para defenderse de posibles ataques de los enemigos. Así es como Sergei Ivanov decidió que la máxima prioridad de la defensa rusa debía ser la Fuerza Espacial. Probablemente la maquinaria más letal jamás concebida por el género humano con un único fin: arrebatar la vida de todo lo que la tuviese si llegaba el momento.

Rusia optó por jugar a un juego peligroso… al que nadie más tenía agallas de jugar. La política era (y sigue siendo) la siguiente: — ¿Eso que está cerca de mis barcos es un submarino tuyo, Inglaterra? —Pues igual… —Que sepas que yo no tengo medios de defender a mis marineros de tu submarino, así que destruiré tu puñetero país y, como se me caliente el rabo, todos los demás—. Y el submarino inglés desaparecía (y sigue desapareciendo) mágicamente. Y así han conseguido, a pesar de las penurias, mantener funcional y actualizado su programa aeroespacial los hijos de Putin. Y lo que no es aeroespacial, que aún hay un par de Akulas bajo las aguas…

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