Windows Phail

Esta va a ser una entrada un poco geek en la aparecen ciertos términos que pienso que todos deberíais conocer, pero que lo más probable es que no lo hagáis porque tendréis una vida plena y feliz. Veremos qué tal sale y si la masiva cantidad de enlaces a Wikipedia sirve para algo.

En el ya lejano 2007 Steve Jobs anunció, para regocijo de los accionistas de Apple, el iPhone. Un trasto que estaba al mismo tiempo muy cerca y muy lejos de los smartphone de aquel momento y que, a la postre, confirmó el vaticinio del difunto Jobs: Every once in a while a revolutionary product comes along that changes everything.

El iPhone, efectivamente, lo cambió todo. Y es una historia que más o menos todos conocemos. Google trató de seguir su estela con las primeras (y fallidas) versiones de Android que carecerían de peso específico hasta, básicamente, el otro día, con la ya relativamente madura Ice Cream Sandwich, la versión 4.0 de Android. Pero hoy no voy a hablar del iPhone. Ni de Android. Toca darle cera al tercero en discordia, Microsoft.

Microsoft

El iPhone pilló a todo el mundo descolocado. A Google figurando qué hacer con una pequeña idea con la que no tenían las cosas claras hasta que Apple les enseñó el camino. Y a Microsoft respaldando su dinosaurio: Windows Mobile. Un dinosaurio del que no querían o no sabían desprenderse, enfocado a los ejecutivos de otra época. Y no soltar lastre cuando tu competencia pelea por un mercado totalmente nuevo (el de los smartphones aptos para todos los públicos con una jugosísima tienda de aplicaciones detrás), un mercado que, además, tiene más potencial que el resto de parcelas tecnológicas juntas es un ligero error.

Más tarde que pronto entraron por el aro. Lo hicieron con Windows Phone en el último trimestre del 2010. 3 años tardó el gigante de Redmond en contestar a Apple. 3 larguísimos años en los que el mundo del smartphone se movió endiabladamente rápido. Demasiado para Microsoft. El pesimismo era evidente. Windows Phone 7 apareció cuando la reyerta entre iOS y Android se tornaba más virulenta que nunca. Apareció con menos features que la competencia, sobre un hardware tirando a súper cutre. Pero era fantástico. Windows Phone tenía el potencial que se necesitaba para comerle terreno a las superpotencias del momento, Apple y Google. Pero.

Si alguien tiene capacidad para enterrar vivo su propio (y estupendo) producto, esa es Microsoft. Demostrando una total confianza en la plataforma que debía devolverles la supremacía de los smartphones, le otorgaron al desarrollo de Windows Phone una plantilla de 200 personas  (de los 100.000 empleados que tienen a nivel mundial) que, para más inri, se debía repartir entre 3 proyectos simultáneos más. Mientras la competencia actualizaba y pulía sus sistemas operativos móviles, Microsoft se sentaba a verlas venir. Muy pocos updates que aportaban muy pocas cosas. Si en el 2010 ya iban por detrás, un año después estaban aún más lejos. Y es que se ve que los chicos de Steve Ballmer no están acostumbrados a tener que remontar o lo disimulan de cojones. El tiempo pasaba y un proyecto que ilusionó al mundillo con una estética rompedora y una interfaz que se alejaba de la rejilla de iconos ochenteras de iOS moría de inanición.

Quizás la inanición viniera porque no crecía su número de usuarios, los cuales no confiaban en el sistema porque tenía pocas aplicaciones, las cuales no creaban los desarrolladores porque no había quién las comprase. Círculo vicioso. Es un círculo que sólo se puede romper cuando el propietario del proyecto paga a los desarrolladores clave para que creen las aplicaciones importantes. Pero Microsoft no hizo eso, qué va. Es mucho más digna. Microsoft le cobraba a todo el mundo, sea quien fuere, pretendiera hacer lo que pretendiese —usuarios incluidos—. Sirvan como ejemplo un par de políticas que la famosa sección/plataforma de videojuegos Xbox —incluida en Windows Phone y que debía ser clave en el desarrollo del ecosistema— era orgulloso estandarte. Una, cobrar a los usuarios un precio mínimo de 3€ por juegos con certificación Xbox (una chorrada que, básicamente, añade logros al juego que se incorporan a tu usuario de Xbox). Mientras que en otras plataformas pagabas 0,79 céntimos por jugar al puñetero Angry Birds —otro día hablaré de la clase de usuarios de este juego, porque madre mía menuda mierda, a años luz de cosas serias como Plants vs Zombies—, en Windows Phone tenías el mismo placer por 3€ de nada. La otra peculiaridad era que si tú, desarrollador, querías certificar tu videojuego como Xbox, tenías que pagar la nimia cifra de 60.000$. Ni uno más. Barato, barato. Ah, y cada versión nueva del juego, otros 60.000$. Así que si te daba por portar a Windows Phone el juego que tan popular te hizo en iOS o Android, prepara la cartera. Y si encima lo quieres tener actualizado para que tus clientes disfruten debidamente del mismo, háblate con Bárcenas.

A mediados del 2011 Microsoft decide cambiar de caballo a mitad de carrera. No sorprendió a nadie porque todo el mundo, y ellos mismos más, pasaba de Windows Phone 7 como de la mierda. Anunciaron Windows Phone 8. Una nueva versión que, sobre el papel, debía solucionar parte de los múltiples puntos débiles de la anterior. Incluso actualizaba su kernel desde el vetusto Windows CE que usaron los smartphone (bueno, más o menos smart) en los 90′ a Windows NT, a fin de fusionar móvil y PC en un proyecto ilusionante. Al año y cuarto las promesas de Microsoft ven la luz y, de nuevo, volvieron a ilusionar al mundo con un software que, como hizo anteriormente WP7, tenía lo necesario para dar la cara y pelear de tú a tú con iOS y Android. Pero la historia volvía a repetirse, la primera en la frente. Era incompatible con los teléfonos que se habían estado vendiendo hasta el día antes de su lanzamiento oficial (no es que preocupase demasiado porque los compramos cuatro gatos, pero estuvo muy feo pasar así de los únicos cuatro gatos que confiaron en ti). Si bien el problema del hardware cutre se había solucionado en parte, mantenían la manía de ir por detrás de Apple y Google a la hora de llenar el sistema de features. Y encima muchas de las mejoras respecto a WP7 iban en el propio núcleo del SO, nada que el usuario pudiera apreciar. Y, como ya hizo anteriormente, Microsoft prometió prontas mejoras… a las que nadie ha visto el pelo. Medio año después de su salida al mercado, el SO sólo ha recibido bug fixes. En su momento Microsoft aseguró que un centro de notificaciones no se incluyó en el lanzamiento inicial porque no dio tiempo material a finalizarlo. Aún está Missing In Action. También prometió hablar en el pasado Mobile World Congress de Barcelona sobre un update inminente del sistema operativo, cosa que no sucedió. Y ahora retrasa la nueva versión, WP9, hasta ya empezado el 2014, así que como muy pronto Microsoft colocará un producto vital medio año después de los presumibles lanzamientos de iOS 7 y Android 5 que tendrán lugar en el 2º trimestre de este 2013 —al menos su presentación—.

Es una verdadera pena. Sé que Windows Phone es un sistema operativo impresionante. Tuve un WP7 (por el que abandoné a Apple, al menos momentáneamente) y si me hubiera fiado algo más de Microsoft mi actual iPhone 5 sería un Nokia Lumia 920 con casi toda probabilidad. Pero en mi vida había visto tanto despropósito junto (y estuve en la campaña de Rubalcaba). Una titánica tarea que alguien se propuso con el único objetivo de sepultar un proyecto que, de contar con el apoyo necesario, sería una máquina de generar dinero. Y los que perdemos somos, para no variar, nosotros, los usuarios. Que tenemos que pagar un dineral por un iPhone o un Android de gama alta, porque los Android económicos funcionan de puta pena. Los usuarios que tenemos que vagar huérfanos entre el depurado fósil que es iOS en su 6ª itineración y la apuesta de Google que no termina de tener la consistencia que debería, mitad por deslices en las prioridades de los chicos de Mountain View que suplen a base de núcleos y gigahercios, mitad por unos partners con hardwares desastrosos (como las 3 porquerías que se han presentado como “buques insignia” para este año, el HTC One, el Samsung Galaxy S4 y el Sony Xperia Z, a cada cual más cutre). Qué Dios nos coja confesados.

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