Hipatia de Alejandría

Hipatia de Alejandría es un personaje de gran trascendencia histórica, tanto por las circunstancias que rodearon su vida como su muerte, un pelín violenta. Otra cosa muy distinta es que en un país donde no se estudia ni se respeta la historia, como Hispanistán, se tenga conciencia de su mera existencia. Recientemente ocupó un trocito del tiempo del pueblo en la tristemente insufrible película de Amenábar, Ágora, la que, a pesar de sólo gustar a los críticos españoles, ganó algo de dinero y todo —alrededor del 10% de beneficios; por Rachel Weisz, supongo—. Y me alegro por Amenábar, porque, aunque la peli no me gustó, tuvo las narices de tratar de civilizar un poco con algo de cultura. Vamos a dedicarle unas líneas por ser, probablemente, la más destacada intelectual de su sexo en su contexto histórico, la primera mujer matemática de la que tengo constancia y, qué diantres, terminar siendo víctima de un fanatismo religioso que, 1700 años después, sigue siendo un problema grave, global y sin solución a la vista.

Rachel Weisz caracterizada como Hipatia en "Ágora"

Rachel Weisz caracterizada como Hipatia en “Ágora”

La vida de Hipatia no es que sea un misterio, pero sí se da a la interpretación porque no hay registros exactos sobre ella y casi todo se basa en testimonios de coetáneos, que, como es lógico, difieren unos de otros.

Nació en Alejandría, que era provincia griega en aquel entonces. Su fecha de nacimiento se desconoce, pero se tiene más o menos claro que el hecho sucedió, bien en el año 355, bien en el 370. Su padre, Teón, afamado matemático y astrónomo, la instruyó en matemáticas, astronomía y filosofía. Hipatia era una esponja del saber y en pos de cultivarse viajó a las grandes capitales de la época (Atenas y Roma) y se mostró ducha en teología e incluso en la mecánica (y que nadie piense en cigüeñales). Educada en el ascetismo, y aunque parece confirmado que contrajo matrimonio con un tal Isidoro, la Suda (una enciclopedia bizantina) afirma que murió virgen.

Hipatia, como su padre, disfrutaba con la enseñanza. Y esto, en aquella Grecia, sí que era realmente curioso por el hecho de ser mujer. Educó a sus alumnos en su propia casa, estudiantes que llegaban desde todos los rincones del Imperio Romano debido la fama de la instructora. Entre ellos se encontraba su alumno predilecto, Sinesio de Cirene, famoso filósofo y hombre de fe, quien a la postre nos dejaría un buen puñado de documentación sobre su maestra. Sócrates Escolástico, reputado historiador contemporáneo de Hipatia, fue otro de los culpables de que parte de su vida llegase hasta nosotros, teniendo los textos de este gran valor dada su ponderada posición imparcial como estudioso de la historia.

Mujer muy respetada, tuvo una gran influencia política al ser consultada con frecuencia por los administradores de la ciudad en busca de consejos sobre la gestión. En palabras del propio Sócrates Escolástico: “Nunca se sintió intimidada por acudir a una asamblea de hombres. A causa de su extraordinaria dignidad y virtud, todos los hombres la admiraban sobremanera”.

Representación de Hipatia en el cuadro "La escuela de Atenas" de Rafael Sanzio

Representación de Hipatia en el cuadro “La escuela de Atenas” de Rafael Sanzio

Pero, y esto siempre queda mejor en Semana Santa, con ella se cruzaron los cristianos. Hipatia era pagana y, en aquella Alejandría, eso estaba realmente mal visto. Porque la religión, al igual que España, suele llevarse mal con la historia. Los cristianos olvidaron rapidito las persecuciones romanas (extremadamente rapidito, el Edicto de Milán data del año 313) y se apresuraron a castigar a todo el que no adorase al mismo señor del espacio que ellos. El cénit de la persecución llegó con Cirilo de Alejandría y su nombramiento como Patriarca (el equivalente a Papa en Alejandría). El amigo Cirilo era un pequeño sanguinario imbuido por la fe y dedicó su vida a rebanar cuellos de herejes entre otros ilustres pasatiempos. Y le tenía algunas ganas a Hipatia porque, dicen los teóricos de la conspiración, ella fomentó el enfrentamiento con Orestes (que fue alumno de Hipatia), prefecto imperial que desconfiaba del poder de Cirilo porque veía en él una amenaza para el poder del Emperador. Tras la aclaración histórica y volviendo con Hipatia, hacia el año 415 un grupo de cristianos asaltaron su carro y, tras arrastrarla por la ciudad y con mucho talante, la desnudaron y golpearon con piedras y tejas hasta descuartizarla.

No hay pruebas sobre si Cirilo estuvo implicado (se sospecha) ni se sabe si fueron directamente sus hombres los que asesinaron a Hipatia. Lo que sí sabemos es que una mujer valiente murió por no renunciar ni a su fe pagana (cosa que el propio Orestes le suplicó en pos de que salvase la vida, a lo que ella se negó) ni a la ciencia (el cristianismo no podía consentir que una mujer se dedicase a la ciencia y las acusaciones de brujería eran constantes). Una mujer que fue la primera de muchas y a la que, por mucho que se empeñen los sucesivos gobiernos de España, todos debemos conocer.

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