Mateo Orfila, padre de la toxicología

Ante el constante deterioro de la economía, maldita crisis de la se nos culpabiliza a los españolitos de a pie, muchos científicos abandonan Hispanistán para desarrollar, tanto sus investigaciones como su talento, en tierras con interés e inquietudes científicas, tras darle nuestros queridos Gobiernos una última y mortal estocada a los presupuestos destinados a tales e insignificantes menesteres. Este hecho, lejos de ser nuevo, ha ido pasando en la piel de toro desde hace siglos; que nadie piense que el desprecio por la ciencia y la cultura es nuevo, va en el ADN. Este artículo se centra en uno de esos científicos que abandonó España convirtiéndose luego en una de las más destacadas personalidades de su tiempo sin que aquí nos enterásemos de nada, para no variar; Mateo Orfila.

Mateo Orfila

Mateo Orfila

El buen Mateo abandonó España debido al bajo nivel de la enseñanza universitaria de su época (vivió entre 1787 y 1853). Retrató muy mal a la Universidad patria y no sólo a la valenciana, en la que trató de formarse. Su crítica se extendía hacia todo el sistema educativo español, como si hablásemos de hoy. Evitando resultar un lastre para su familia, Mateo renunció a cualquier ayuda económica de su padre, un comerciante con una relativa cómoda posición, sopesando incluso la idea de abandonar el estudio de la medicina por algo más lucrativo en aquel momento, como las leyes.

Por fortuna su amor por la química y la medicina le hicieron recapacitar y prosigue su formación en medicina, química y anatomía. Debido a su brillantez y el reconocimiento que se granjeaba con su trabajo, la Junta de Comercio de Barcelona, ciudad en la que se refugió tras huir de Valencia, le concedió una beca en 1807 para que se dedicase únicamente a actividades intelectuales y evitar que su tiempo se viese ocupado por las tareas propias de mantenerse. Esta pensión le permite formarse en Madrid y París.

Finalmente Orfila consigue su objetivo: matricularse en la Universidad de París, un centro a su altura, en las facultades de ciencias y medicina. Su plan de estudio se centró en la química, sin renunciar a su formación en medicina. Pero todo estuvo a punto de truncarse según estalló la Guerra de la Independencia entre España y Francia al dejar de llegarle su pensión. Sin embargo se sobrepuso a ello y completó sus estudios en 1811. Subsistió dando clases de química, medicina legal y anatomía. Ser maestro no era algo nuevo para él ya que, cuando contaba con 14 primaveras, empezó a dar sus primeros pasos en el mundillo pedagógico impartiendo clases de matemáticas y ciencias de forma tan eficaz que sus alumnos estaban encantados. Los 40 francos que cobraba en París a sus estudiantes estaban de sobra justificados, ya que nadie podía competir con el talento y la sabiduría de Mateo Orfila.

En época de Fernando VII fueron numerosos los intentos que la piel de toro llevó a cabo para traerle de vuelta y que se estableciese como profesor. Sin embargo, Orfila contaba con fama, una relevante posición y un cómodo colchón económico que le permitió desentenderse de los cantos de sirena españoles.

Felizmente acomodado en París, Orfila pudo dedicarse al trabajo de laboratorio a tiempo completo. Entre 1812 y 1819 estudió minuciosamente la química de los venenos. Opiáceos, arsénico y una multitud de otros compuestos peligrosos dieron cuerpo en 1813 a un tratado de venenos, considerado hoy día como el acta fundacional de la toxicología. La fama y el prestigio de Orfila no dejó de crecer y los reconocimientos se sucedían uno detrás de otro: Médico de la realeza francesa, catedrático de medicina legal, decano de la Facultad de Medicina de París… Como curiosidad, también era bien considerado como cantante en los salones parisinos.

Abandonó el mundo el 12 de marzo de 1853 tras haber atendido su multitud de cargos, sin dejar por ellos la producción científica en forma de artículos, libros y compendios, considerados como trabajos seminales en diferentes áreas de la química y, especialmente, en los campos de la toxicología y de las ciencias forenses. Mateo Orfila fue otro de esos muchos e ilustres españoles olvidados, cuando no completamente desconocidos, por su propio país. País, Hispanistán, en el que es prácticamente imposible encontrarle en un libro de texto sobre la historia patria. Allende nuestras fronteras, gracias a Dios, la cosa cambia y aprecian debidamente al que fue a la postre padre de la toxicología.

Nota: Este artículo es obra de mi amigo Daniel Bastos. Un servidor se ha limitado a adornarlo, dándole la mala leche habitual que destilamos en Perros de Guerra. A él, gracias. Gracias por acercarnos al que no debería ser un gran desconocido.

Tumba de Mateo Orfila en París

Tumba de Mateo Orfila en París

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