La peor resaca electoral

Esto que voy a escribir, desgraciadamente, en 4 años seguirá siendo perfectamente válido. Y así nos va. Porque, siempre, de aquellos polvos…

Antes de unas elecciones a todos se nos llena la boca con la palabra “democracia”. Tras meses leyendo, casi en exclusiva, patrañas y manipulaciones de todas las clases y colores en las redes sociales —sinceramente, he leído más mentiras sobre lo que dijeron Fulano y Mengano que propuestas electorales emocionantes—, volvemos a tener entre nosotros una figura típica: el que se considera perdedor señala al votante del que considera que le ha perjudicado con el dedo y procede al insulto y la vejación, amparado por la masa. ¿Por qué? Supongo que porque es lo fácil.

Admitir que, tras los 4 peores años de la democracia —con permiso de ZP, siempre presente en el recuerdo cuando se trata de dolor y desgracias—, nadie ha sido capaz de convencer a la mayor porción de votantes de que el PP era la peor opción, por las razones que fuesen, es jodido. Lo sé. Pero tras programas electorales ridículos, líderes vergonzosos, propuestas que son cantos al sol cuando no directamente falsas, anticonstitucionales o imposibles (los hubo, incluso, que prometieron leyes que ya existen), ¿qué diablos esperaban? ¿De verdad están sorprendidos? Los hay, ya con el dislate por bandera, proponiendo prohibir el voto a según qué partidos y/o prohibir votar a según qué grupo de población —parece ser que si tienes más de 50 años, la auto-coronada generación mejor formada de la historia te odia—.

Acojonante. Todo esto en un país en el que todo es violencia. Porque hemos rebajado el término hasta un nivel tal que ya mirar a alguien por la calle, si ese alguien no lleva un cartel que diga “mírame”, está a un paso de ser un ilícito penal —disfrutad lo votado—.

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Todo esto es más divertido todavía al constatar que muchos de estos que amenazan, insultan y vejan, la única campaña electoral que han hecho es compartir falacias en Facebook. Válgame Dios. Eso de afiliarte a un partido, debatir tus ideas, plasmarlas en un programa electoral y pelear puerta a puerta el voto es mucho más engorroso que hacer click. Dónde va a parar.

Mención especial para otra figura típica, que es la que más me molesta. El politiquillo que arremete contra los que se quedaron en casa. Politiquillo cuya única misión en esta vida es conseguir convencer a esas personas de que muevan el culo hasta el colegio electoral y metan su papeleta en la urna. Pero un “soy un inútil, he fracasado” suele ser más duro a la hora de mirarse al espejo que echar la culpa a otros cuyo pecado fue ejercer su derecho a no votar. Cosa, tristemente, típica en España; fulanos sin derecho a dar órdenes a nadie recriminando —generalmente de manera agresiva— a otros el actuar bajo el amparo de la legalidad. Ya, lo sé, no tiene puñetero sentido.

España, dícese de donde hay democracia sólo si vienen bien dadas las cartas.

 

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